Ars Nuda

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10 de mayo de 2026

La sala blanca como ideología

Qué dice un espacio cuando finge no decir nada

Hay un tipo de espacio que aparece cada vez más en edificios públicos, hospitales, aeropuertos, campus. Se le llama multirreligioso o, más recientemente, multiconviccional. Paredes blancas, suelo liso, luz uniforme, un armario donde se guardan los símbolos de cada tradición… Parece no decir nada, el grado cero de la imposición. ¿En serio?

Lo que dice es mucho, aunque no lo parezca. Dice que lo sagrado no necesita materia, ni orientación, ni olor. Que debería poder comprimirse hasta caber en cualquier superficie neutra. Cualquier tradición que no quepa en ese formato tiene, digamos, un problema de adaptación. Suena razonable hasta que te preguntas de dónde sale esa idea de lo razonable. Porque no cae del cielo. Tiene origen y tiene sesgo, aunque se presente descalza de los dos.

La sospecha hacia lo material es herencia de la reforma protestante, aunque llega tan diluida que ya nadie la reconoce como tal. La imagen distrae, el objeto estorba, la fe verdadera ocurre dentro. Siglos de teología condensados en una pared blanca. Lo paradójico es que los propios reformados conservan el canto, el púlpito, una acústica pensada para que la palabra pese en el cuerpo. A ellos tampoco les bastaría esa sala. Pero es la sospecha, descafeinada y sin firma, la que sostiene el modelo.

A eso súmale el barniz contemporáneo, esa espiritualidad de bienestar corporativo que huele a app de meditación: silencio como recurso, mindfulness sin linaje, una práctica espiritual que no exija descalzarse ni saber dónde queda el este.

Una versión de lo racional que traza la línea entre práctica legítima y superstición y la presenta como si fuera objetiva, cuando es tan cultural y tan cultual como cualquier cosa que pretende superar. El propio acto de trazar esa frontera funciona como un gesto ritual del secularismo, una especie de liturgia de la razón que se repite sin examinarse.

Y aún más. Lo útil de lo inútil. La sala blanca no se diseña así porque alguien haya pensado mucho en teología ni en secularismo. Se diseña así porque es lo que menos trabajo da. Conocer tradiciones cuesta tiempo, negociar con comunidades cuesta reuniones, tomar decisiones de diseño cuesta exponerse a la queja. La sala blanca evita todo eso de golpe. Se pone, se etiqueta, el expediente se cierra. Si después nadie la usa, no consta. Tu espiritualidad es bienvenida siempre que no me compliques la gestión.

Quiero decirlo sin rodeos: la sala blanca no es hospitalidad. Es un "no molestes" con buenos modales. Y lo peor no es que excluya, que también. Lo peor es que ni siquiera sabe a quién deja fuera, porque nunca se ha molestado en preguntar.

La próxima vez que pises uno de esos espacios, mira lo que falta. Y pregúntate quién decidió que no hiciera falta.

J. Garrido