¿Puede una vida moral sostenerse sin trascendencia? La pregunta viene de lejos y sigue molestando, quizá porque obliga a tocar una fibra incómoda: si la conducta humana pierde su anclaje en lo sagrado, ¿qué queda para sujetarla?
La literatura rusa dejó esta inquietud formulada de manera casi brutal en torno a Iván Karamázov. Con el tiempo, la idea se ha repetido hasta quedar convertida en consigna: sin Dios, la moral se vendría abajo. Pero en la novela el asunto no aparece como una tesis limpia de filosofía moral. Aparece ligado a una conciencia rota, a una desesperación que piensa demasiado cerca del abismo. Esa diferencia importa.
Desde las Ciencias de las Religiones, la pregunta cambia de lugar. No interesa tanto dictaminar si la moral necesita a los Dioses como observar qué han hecho las religiones con la conducta humana. Durante siglos, muchas tradiciones han dado forma a obligaciones, prohibiciones, virtudes y límites. Han ordenado la vida común. También han justificado violencia, jerarquía y culpa. Conviene mirar en ambas direcciones.
Hans Küng trabajó este problema en su propuesta de una ética mundial, el Weltethos. Su punto de partida era sencillo: las grandes tradiciones religiosas comparten un suelo mínimo de exigencias morales. No matar, no robar, no mentir, no tratar al otro como simple instrumento. La llamada regla de oro aparece, con formulaciones distintas, en el confucianismo, el judaísmo, el cristianismo, el islam o el budismo.
Pero una coincidencia práctica no equivale a una misma raíz. Dos tradiciones pueden llegar a una prohibición parecida por caminos que no se tocan. En el cristianismo, la vida humana se entiende como don de Dios. En el jainismo, la ahimsa se apoya en el karma y en una red de interdependencia entre los seres vivos. El gesto puede parecer similar pero la arquitectura que lo sostiene no lo es.
Ahí está el punto delicado. Cuando el fundamento se desgasta, ¿permanece la norma? Europa lleva dos siglos ensayando esa respuesta. Los derechos humanos, el Estado de derecho y cierta idea de solidaridad sobrevivieron al retroceso de la fe institucional. Sobrevivieron, sí. Pero no intactos, ni sin fricciones. La secularización no destruyó toda moral compartida. Tampoco resolvió de una vez el problema de su fundamento.
Lo que las Ciencias de las Religiones pueden aportar a este debate no es una respuesta, sino una perspectiva comparada. Ver cómo distintas tradiciones han resuelto, o no, la relación entre creencia y conducta. Sin idealizar ninguna. Sin descartar ninguna.