Antes de que hubiera templos, ya había cuerpos. Parece obvio. No lo es tanto cuando uno revisa cómo se ha estudiado la religión durante décadas: textos, doctrinas, instituciones. Como si la fe fuera solo una operación mental.
Arrodillarse, ayunar, danzar hasta perder el control, sentarse inmóvil durante una hora. Nada de eso es decorativo. Mauss hablaba en 1934 de "técnicas del cuerpo", de que cada cultura entrena a los suyos para moverse de maneras concretas, cargadas de significado. Cuando un musulmán se postra en el salat no está representando su sumisión ante Dios. La está produciendo. Eso es lo que cuesta aceptar: que el gesto no ilustra la creencia, sino que muchas veces la precede.
El ritual no funciona como un libreto. Se incorpora, en el sentido más literal del término, se mete en el cuerpo por repetición hasta que deja de ser actuación. Si eso es cierto, y creo que lo es, buena parte del estudio académico de la religión trabaja con un mapa al que le falta la mitad del terreno. La mitad que no se escribe. La que se hace con las manos, las rodillas, la respiración.
De ahí viene también, sospecho, el tirón que tienen hoy las prácticas contemplativas en Occidente. Meditación, yoga, trabajo con la respiración. No es moda, o no es solo moda. Hay una necesidad que la secularización dejó intacta: habitar el cuerpo como algo más que mecánica funcional. Darle al gesto cotidiano una densidad que lo utilitario no proporciona.
Eso no significa romantizar el cuerpo ni caer en vitalismos blandos. Significa aceptar que si ignoras lo corporal, no estás estudiando la religión. Estás estudiando otra cosa.